Por: Luis Horta / 19 de febrero, 2012
En cine, los efectos especiales son las ilusiones y trucos creados para crear una nueva realidad, sólo verosímil dentro de una obra. Son artilugios y mentirillas técnicas imperceptibles dentro de la lógica de una película.
«Efectos Especiales» es también la nueva película de Quesney, un casi estudiante de cine que ya tiene dos largometrajes y varios videoclips de bandas onderas, bastante para cualquier joven veinteañero. Puro empeño y eso se valora: hacer más que teorizar. Su segunda película está dirigida para un pequeño grupo, cineastas y amigos de cineastas, estudiantes de audiovisual y teatro. No busca llenar salas (su estrategia fue rotar por cualquier lugar menos en una sala de cine, incluso una función por www.disorder.cl) ni ser nominada a los Altazor, sino más bien reírse. Reírse y hacer reír. ¿Con qué? Con la forma en que se hace cine en Chile.
«Efectos Especiales» no es una gran película ni es una obra revolucionaria, pero algo tiene que nos permite no solamente reírnos del circuito en que el cine chileno hoy se maneja: grupúsculos de pequeño poder, movidas, grupillos de elite que manejan lo que se debe y no se debe ver de nuestro cine más allá de las fronteras del país. Quesney, que no tiene nada que ganar ni nada que perder, escoge al menos cinco elementos que los cineastas chilenos han explotado en los últimos veinte años, y se ríe de ellos. A saber:
1. Explotar recurrentemente el Golpe de Estado
2. La sexualidad reprimida proyectada por sus autores
3. El campo y la imagen artificial de lo popular
4. La moda mundial del cine contemplativo
5. Las arbitrariedades pseudo artísticas de relatos que no van a ninguna parte.
Juntando todo eso, más un par de actrices dispuestas a hacerlo todo, y un joven director arrogante egresado de las lucrativas escuelas de cine, y “que hace videoclips de Javiera Mena”, es finalmente “Efectos Especiales”, una película de riesgo, que podría haber sido más provocativa aún, es cierto, pero que dice lo que nadie había dicho, pero sí pensado. La película es una hipotética filmación realizada en tiempo real con un jovencito director arrogante y burgués, una actriz de publicidad y otra entusiasta actriz. La historia que filman en el campo es ridícula y antojadiza, y cambia como cambia el ánimo del director. Todo concluye en un ataque histérico de quien encabeza esta joven y alocada filmación, cerrándose todo en un largo y contemplativo plano hecho para públicos europeos. Sin embargo este hilo narrativo no hace justicia a lo que ocurre dentro del film, develando una sátira al clasismo imperante en un medio que se caracteriza por imponer vicios propios del subdesarrollo.
«Efectos Especiales» es restrictiva, y eso es parte del riesgo. Quien no se interese en el cine chileno básicamente se aburrirá, le será indiferente e incluso el ejercicio narcisista le parecerá grotesco y fuera de lugar. Y es cierto, porque Quesney se exhibe a tal punto que se pseudo interpreta pero a la vez burlándose de quizá cuantos compañeros de cuantas escuelitas de audiovisual que juegan a hacer buen cine sin conocer siquiera a Glauber Rocha. Sin embargo, la carencia de «Efectos Especiales» se encuentra en el discurso, donde no busca cambiar nada y termina por transformarse en una anécdota. El final, una cita a las edulcoradas películas contemplativas tan de moda, probablemente será vista por estos mismos cineastas con un gesto cómico, pero nada más. El no quedar “tan” mal es el pecadillo oculto de este film, que por cierto gana en todo lo otro: subvierte el sistema de las producciones nacionales con una pieza medio improvisada, filmada en un solo día pero con la claridad de la sorna y el sarcasmo. En concreto, es develar los efectos que reitera el cine oligárquico para tratar de ser chileno, como si ello fuese una marca exportable y rentable.
En su original forma de subvertir ciertos cánones, lecturas del país y de una cinematografía-espejismo muchas veces inflada por teóricos sin ideas y sin calle, la película es uno de los aciertos de 2011, pero también un golpe a la comunidad cinematográfica empotrada en oficinas iguales a las de Luciano Cruz Coke, que rigiéndose por estándares folklóricos aportan poco y nada a la producción, y que en su vanidad poco lo sentirán, pero quedará para ser leído con el correr de los años en su real dimensión.